Ana María Matute: “Mi única droga he sido yo misma”

Con su despacho en miniatura. © Curro Cañete
Con su despacho en miniatura. © Curro Cañete

Es académica de la RAE, Premio Cervantes y quizás la novelista española viva más relevante. Su vida es en sí misma una novela. Pero, ¿cómo es Ana María Matute realmente?, ¿es la mujer entrañable que dicen que es? La visitamos en su casa de Barcelona para conocerla (esta entrevista se publicó en Vanity Fair el 2 de septiembre de 2013)

Ana María Matute, en su casa de Barcelona. © Curro Cañete

Ana María Matute, en su casa de Barcelona. Foto: © Curro Cañete

— Vale, pero sólo diré ‘gracias’

Estábamos en casa de Ana María Matute y Alba Fité, directora de comunicación de la editorial Destino, se echó a reír ante la ocurrencia de la escritora, que también reía. Ana María, a sus 88 años, quiere lo que cualquiera, pasarlo bien, divertirse, pero sigue sin gustarle ese momento en el que quien recibe un premio se ve obligado a agradecerlo con lugares comunes.

“¿Eso dije yo?… Me extraña, es muy cursi”, me dijo la escritora cuando le recordé lo que dijo en su discurso de agradecimiento cuando ganó el Premio Cervantes: “La literatura es el faro salvador de muchas de mis tormentas”. Insistió: “Esa frase es verdad, pero probablemente yo no lo dije con esas palabras. Tal vez el periodista que lo escribió lo puso más bonito. O el jefe del periodista. Ahora a veces no son los periodistas los que escriben los titulares de sus entrevistas. ¡Increíble! Hace poco vino una periodista a hacerme una entrevista. Me preguntó que si era feminista. Le dije que no, porque yo no soy feminista. Y luego leí el titular: ‘Ana María Matute es feminista’ ¡Qué rabia me dan estas cosas!…”

Escuchar a Ana María es escuchar a una mujer que ha sido valiente y que por tanto ha vivido mucho, muchísimo, y por tanto ha disfrutado intensamente y ha sufrido intensamente también. Vivió de niña una época espantosa, la guerra civil, pero por entonces ya escribía muchos cuentos, que la salvaron, como la han salvado tantas veces sus historias. Luego vivió la posguerra. Se casó con un poeta muy culto y muy interesante, pero también muy egoísta y muy mala persona. Se lo hizo pasar muy mal y a los tres años de casarse ella ya sabía que no le quería nada, pero aguantó siete más. Decidió separarse a los diez años de la boda. Pero en la dictadura, ya lo saben, no había mujer que se divorciara de su marido. Ella lo hizo. Y no calculó las consecuencias: divorciarse de su marido, con Franco, suponía perder a su único hijo, algo que ella comprobó con inmenso dolor cuando se lo quitaron. “Eso fue lo más terrible del mundo, me quitó a mi hijo en 1963 y no lo pude volver a tener hasta que pasaron tres años”, cuenta, “aunque tuve la suerte de que mi suegra era muy buena y me permitía verlo sin que su padre se enterara…”

Curro Cañete y Ana María Matute, durante la entrevista

En casa de Ana María Matute.

Recuperó a su hijo y vivió una época muy buena: se fue a vivir a EE UU, primero invitada por un profesor norteamericano y luego como profesora de Novela Española Contemporánea. Conoció a todos los republicanos españoles que habían tenido que exiliarse y, más tarde, al que sería su segundo marido, “el marido bueno”, como ella lo llama, un francés muy buena persona del que se enamoró locamente. Se casaron. Vivieron juntos 28 años, viajaron por el mundo e incluso, una noche, hicieron el amor sobre el Río de las Perlas de Hong Kong. Se querían. Estuvieron juntos hasta que él, un buen día, murió. “Tuvimos crisis, pero las superamos, porque nos queríamos tanto…”, me aclaraba Ana María, en el salón de su casa, mientras terminaba a tragos lentos su café.

Y de pronto dijo: “¡El audífono! ¡Que se me ha olvidado ponerme el audífono!”, exclamó. “Es que estoy sorda”. Más risas. Le dije que no se preocupara, que mi abuela también era sorda y por eso sé conversar muy alto, y ella se quedó encantada de no ir a por el dichoso aparatito. Reímos. Porque es importante aclarar que la conversación con Ana María se ve interrumpida constantemente por risas, que a veces se convierte en carcajadas.

No se ríe tanto cuando alguien la califica como la llevan calificando treinta años: “Entrañable”. Escritora entrañable. O peor: Ancianita entrañable. O peor aún: abuelita entrañable. “Como detesto esa palabra…”, dijo, y añadió: “La escritora Laura Freixas lo escribió muy bien una vez: explicaba que cuando me leyó comprobó que eso de que yo era una escritora entrañable no era verdad y que el que lo dijera sería porque no había leído muchas de mis novelas ni mis cuentos”.

Es cierto: sus libros son mágicos, pero no es la magia de Paulo Coelho precisamente. Por el contrario, muchos son brutales, como ‘La torre vigía’ o, por citar las dos obras que Laura Freixas citó en su artículo, la novela ‘Fiesta al noroeste‘, el cuento ‘Cuaderno para cuentas‘.

Lo dejamos claro: Ana María es una mujer ocurrente, divertida, inteligente, inmensamente leída y vivida, pero no es cursi. Es una maga, pero no es entrañable. Y es que no puede ser cursi alguien que tuvo una infancia no tan feliz y que escribió sus primeros cuentos encerrada en un cuarto oscuro, ni tampoco alguien que se atreve a mirar hacia las tinieblas, hacia el lado oscuro y oculto ser humano, ese lado que tantos, quizá por miedo, quizás por ignorancia, pasamos por alto.

Ahora escribe una nueva nueva novela para su querida editorial, Destino, y dice que precisamente eso, escribir, es lo que más la ilusiona en estos momentos. Escribir, siempre escribir. Escribía de niña y escribe de anciana. “Porque si no puedo escribir me muero”, dijo de pronto, y entonces ya no sonreía. “Si yo supiera en algún momento que no tengo la posibilidad de escribir nunca más, me moriría. Y no, no quiero dictar. Quiero escribir yo y en soledad y en silencio. Escribir es una aventura solitaria, una aventura que sin embargo luego conecta con muchísima gente…”

Con su despacho en miniatura. © Curro Cañete

Con su despacho de miniatura. Foto: © Curro Cañete

Con su despacho en miniatura. © Curro Cañete [/caption

“¿Qué tal es la vejez, Ana María?”, le pregunté, y me dijo que lo único malo son los quiebros de la salud y los malditos vértigos. “Porque todo el mundo te trata muy bien y eres más libre. ¿Sabes? Cuando una persona es vieja no se siente vieja. Hablo de una vejez normal, sin problemas. Mi corazón es el mismo que cuando yo tenía veinte años. Los sentimientos, las emociones, el amor, las ilusiones, las desesperanzas siguen intactos. Lo más importante del ser humano no cambia cuando una es vieja”.

— ¿Te da miedo la muerte?

— Mucho. La muerte me da mucho miedo. Tengo esperanza de que después haya algo. Yo soy creyente y quiero creer que sí, que habrá algo, pero, claro, siempre te queda esa ave negra volando por encima de tu cabeza. Espero que sí, que todo sea para bien.

— Será para bien.

A Ana María no le gusta nada dar consejos, pero si uno le insiste y se lo pide por favor, puede que lo dé.

— ¿Qué consejo le darías a un joven escritor que empieza escribir?

— Vivirrrrrr. Vivirrrrr. Viviiiiiirrrrrr —lo dijo así, tres veces seguidas y alargando la r, con desgarro, como sólo podría pronunciar esa palabra alguien que ha vivido mucho—. Y pasarlo mal a veces. Porque si no cuando lo pasas bien no lo valoras. La mejor universidad es la vida. Y yo he vivido a tope. A tope. He sido una aventurera. Y me alegro. No me arrepiento de nada. Ni de lo malo ni de lo bueno. Viciosa no he sido, ¿eh? Yo no me he drogado nunca. Jamás me he pegado un chute ni me he fumado un porro.

—Ni falta que te ha hecho.

— Mi única droga he sido yo misma.

 

*** Y ADEMÁS:

Vuelve Ana María Matute (dedicado a la escritora después de su muerte)