Cenando con Paqui Luna, Cristina y su precioso bebé

Estoy esperando a Cristina y a Paqui Luna. El mexicano en el que estoy, La Venganza de Malinche, es, según Cristina, el mejor de Madrid, o al menos ella asegura que no había probado unos nachos tan buenos como los que probamos ella y yo aquel día, una noche, la noche en la que me contó que estaba embarazada. Cristina y yo quedamos para ir al cine y vimos una película triste y bellísima, ‘La chica danesa’, los dos acabamos llorando, yo porque no había visto nunca jamás una historia que explicara tan bien el drama que supone no ser transexual, que eso puede ser maravilloso, sino serlo y que la sociedad te rechace, y ella por lo mismo, supongo, aunque nunca me lo contó. Sí me contó que estaba embarazada. Y me lo contó con una carta. Cristina hace este tipo de cosas extraordinarias: una carta escrita por su bebé, desde su tripa, explicándome lo agradecido que estaba por los consejos que yo le había dado a su mamá. “Gracias por decirle a mi mamá…”, decía en la carta, que además, para redondear el regalo, contenía una ecografía del bebé. El bebé esta noche viene a cenar con nosotros, por supuesto. Ayer Cristina me mandó una foto de él y le dije, no te creo. No me sorprendió que estuviera guapísimo, eso es normal con los padres que tiene, sino porque estaba enorme. Y eso que solo tiene un mes. Naueck es leo, como yo. De hecho, su mamá se puso de parto horas antes de la comida que íbamos a tener por mi cumpleaños, y nació un día después.

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Me acaban de mandar mandar un WhatsApp: que faltan diez minutos, que no han calculado bien, que las perdone, que es la primera vez que vienen a una cena con su niño. Mientras, sigo escribiendo. Escribo en la tablet, y de cuando en cuando alzo la mirada y veo: un grupo de chicos emborrachándose en la barra (las coronitas están a un euro si las tomas en la barra), una pareja de enamorados (sonríen, se miren, ríen tontamente) y una pareja que no tiene nada que decirse. La vida misma.

Hay una película maravillosa que dice que lo más triste es uno de esos matrimonios que van a cenar a un restaurante y no tienen nada que decirse. A mí me gustaría no mirar nunca el móvil cuando cene con mi pareja en un restaurante.
¡Están llegando! Dios mío, están las dos guapísimas…