Conociendo a Nerea Barros, la actriz de ‘La isla mínima’

Nerea Barros. Sin miedo a nada.

Taquillazo a la vista: 160.000 personas ya han visto la película de Alberto Rodríguez. Les presentamos a Nerea Barros, a la que también veremos en la serie ‘El Príncipe’

Nerea Barros. Sin miedo a nada.

Nerea Barros no se lo podía creer. No se podía creer lo que le había pasado porque los castings no se le dan nada bien y porque ese casting, concretamente, no sabía para lo que era, una serie, una tv movie, quizá una película, sí, pero no la película que finalmente fue. Por eso, y porque cuando Yolanda Serrano y Eva Leira la llamaron para decirle que el papel era para ella le contaron también que la película la haría Alberto Rodríguez, director al que admiraba, y que uno de los productores era José Antonio Félez, un hombre bueno, inteligente, que no parece un productor, porque arriesga, apuesta por lo que cree, y sobre todo que su marido sería Antonio de la Torre, Nerea Barros se puso a gritar, y a saltar, y llamó a su novio, a su madre, a sus amigas de Santiago, y les dijo que no se lo podía creer, que era imposible, pero que era cierto, real, que iba a actuar en una película con Antonio de la Torre, un actor visceral, un creador desde dentro, el actor, junto a Luis Tosar, que ella más admiraba cuando todavía tenía la mirada inocente, tímida, de una niña de 13 años que no se atrevía a contar a nadie su secreto.

Nerea Barros y Curro Cañete junto a Elio, de prensa.

Nerea Barros

Nerea Barros no se lo podía creer. No se podía creer lo que le había pasado porque los castings no se le dan nada bien y porque ese casting, concretamente, no sabía para lo que era, una serie, una tv movie, quizá una película, sí, pero no la película que finalmente fue. Por eso, y porque cuando Yolanda Serrano y Eva Leira la llamaron para decirle que el papel era para ella le contaron también que la película la haría Alberto Rodríguez, director al que admiraba, y que uno de los productores era José Antonio Félez, un hombre bueno, inteligente, que no parece un productor, porque arriesga, apuesta por lo que cree, y sobre todo que su marido sería Antonio de la Torre, Nerea Barros se puso a gritar, y a saltar, y llamó a su novio, a su madre, a sus amigas de Santiago, y les dijo que no se lo podía creer, que era imposible, pero que era cierto, real, que iba a actuar en una película con Antonio de la Torre, un actor visceral, un creador desde dentro, el actor, junto a Luis Tosar, que ella más admiraba cuando todavía tenía la mirada inocente, tímida, de una niña de 13 años que no se atrevía a contar a nadie su secreto.

Zapatos de Liu Jo, chaqueta de Alex Vidal, camisa de Armani y falda de Other Stories para un look que tiene mucho que ver con ella. Adora a sus estilistas, José Juan y Paco Casado.

Zapatos de Liu Jo, chaqueta de Alex Vidal, camisa de Armani y falda de Other Stories para un look que tiene mucho que ver con ella. Adora a sus estilistas, José Juan y Paco Casado.

Su secreto era que ella quería actuar y que por eso, porque quería ser actriz incluso antes de que supiera lo que tal cosa significaba, antes de imaginar siquiera las consecuencias de elegir una carrera difícil, arriesgada, la mejor de todas para ella, por eso se disfrazaba con cinco años, cuando la timidez todavía no había hecho desaparecer su espontaneidad, la extraña magia que le brotaba desde lo más hondo de sí misma, y montaba numeritos delante de su madre, que la miraba desconcertada, encantada también, como si viera a un bicho raro, pero divertido, en su propia hija.

—A los cinco años tenía mi mundo interior. Mi madre se reía mucho y mi padre también, porque me disfrazaba con cosas de mi madre, iba al espejo e improvisaba escenas. Tenía mi mundo interior, aunque luego salía con amigos y me lo pasaba pipa, ¿eh? Que yo tuve el privilegio de vivir en el campo, a las afueras de Santiago, y nos íbamos con las bicis, y jugábamos todo el día, tenía una vida muy guay yo de pequeña, una libertad brutal… Pero siempre tuve mi vida interior. Yo sabía que quería crear, pero era algo que no se lo contaba a nadie, jamás, porque me daba vergüenza, pensaba que era algo que sentirían todos los niños, pero no fue así, porque esa pulsión que sentía fue cada vez más fuerte, más y más fuerte, y a los quince años ya no podía más. Entonces me cogieron para una peli de protagonista. No tenía ni idea de ser actriz, pero me cogieron —me contaba Nerea ayer por la mañana, mientras bebíamos, a falta de licor de café (“estoy intentando traer el licor de café a Madrid, en Galicia lo tienen en todas partes, está tan bueno…”), dos botellitas de agua mineral, muy fría, en esa selva enorme que es la estación de Atocha.

La escogieron. Xavier Bermúdez la escogió como protagonista de ‘Nena’ cuando ella tenía quince años, y cuando la escogió, después de que ella venciera su timidez y se presentara al casting de este hombre que llevaba un año para encontrara su Lolita, le dijo: “Desde que te vi entrar por la puerta sabía que eras tú”. Y entonces, con quince años, a Nerea Barros se le abrió una puerta nueva, una vida nueva, porque ya nunca más ocultó su secreto y ya siempre lo tuvo claro, supo que quería estudiar actriz, formarse, dedicar su vida entera a esa pasión única, maravillosa, que la hacía vibrar desde todas las células de su cuerpo. Y, sin embargo, estudió Enfermería.

—Pero yo no podía ser enfermera. Quiero decir que yo no soy una enfermera al uso porque me implico, me resultaba imposible no implicarme con la gente, por lo que había días que llegaba a casa destrozada… Me especialicé en cuidados intensivos, y era maravilloso, me encantaba, porque sólo me dedicaba a una o dos personas como mucho, pero también era muy duro, durísimo. Eso me enseñó que todos estos problemas que nos buscamos no tendríamos por qué buscarlos, que no, que la vida es otra cosa, me di cuenta que lo que hay es que tirar por lo que uno quiere, luchar por lo que uno quiere, intentar hacer felices a los que te rodean y ser feliz tú. Todo eso aprendí trabajando de enfermera, un trabajo que compaginé con el teatro, la danza y con todas las series de Galicia y pelis que iba haciendo.

La danza ha sido otra de sus pasiones, diez años bailando, puede que más, y ahora tiene decidido retomarlo.

—¿Por qué ha sido la danza tan importante para ti?

—Todo el que vea mis trabajos puede entrever que hay una corporalidad muy importante. Para mí componer un personaje supone conocer su manera de moverse, y esa postura, esa corporalidad, hace que transmita las cosas de otra manera y tú misma vives las cosas desde otro punto. Ese lenguaje no verbal para mí es fundamental. En ‘La isla mínima’ hago de Rocío, una mujer que las ha pasado canutas, que trabaja en el campo, que está sometida a un marido muy duro, que vive en una situación social tremenda, y que no tiene nada. Todo eso te hace estar en la tierra de una manera concreta, vivir la vida de otra manera, por lo que la forma de colocar las manos, de andar, de mostrarte a los demás es diferente a cualquier otro personaje. Yo sé que si no tuviera todos esos recursos no hubiera podido hacer de Rocío, porque me queda superlejos a nivel de edad, de experiencia vital. El hecho de conocerme a mí misma, y a mi cuerpo, saber cómo incorporar cosas y entenderlo, hace que pueda componer los personajes desde muchos puntos diferentes, no desde mi cabeza solamente, sino desde el cuerpo.

—Me contabas antes que hacías yoga… ¿También te sirve para eso?

—El yoga me sirve para relajarme, para centrarme, para bajar el estrés y quitar tensión de la espalda y de los músculos, para respirar y para bajar a la tierra. Hay días que estoy rodando todo el día, jornadas intensas, y yo necesito trabajar abierta emocionalmente, para mí no hay otra manera. Eso puede resultar complicada, en el sentido de que tienes que estar alerta, no puedes dejar entrar ciertas cosas… Supón que yo estoy trabajando, vienes, me dices algo y eso me afecta. Entonces mi estado emocional cambia. Eso no puede ser. Yo soy muy consciente de eso y por eso hago yoga. También hago, siempre que puedo, mucho deporte. Surf, snow, wake, todo lo que tenga una tabla en los pies nos gusta a mi novio y a mí…

Tanto les gusta una tabla a su novio y a ella que cuando estuvieron en el pasado Festival de San Sebastián con ‘La isla mínima’, entre ‘photo call’ y sesión de fotos, entre aplausos y ovaciones, entre el glamour de la alfombra roja y la emoción de ser protagonista por primera vez de semejante espectáculo, se escaparon las dos o tres únicas horas libres que tuvieron y se fueron a hacer surf a la playa de Gros. Luego, tras una ducha, guapísima, impecable, a la alfombra roja otra vez. Como nueva y tan contenta.

—Aquello fue increíble. Lo de San Sebastián, digo. Yo había ido muchos años con una amiga directora a ver pelis, pero era la primera vez que iba con una película, y encima con una película como ‘La isla mínima’, con la que una puede sentirse orgullosa. Disfruté muchísimo allí, con mis compañeros, y con los periodistas, porque teníamos tiempo de compartir, y con los fotógrafos, que ahora lo tienen tan complicado para vender sus fotos, y con el público, porque a mí me gusta estar cerca de todo el mundo. A mí me gusta estar cerca de la gente. Quiero seguir con esta profesión toda mi vida, me vuelve loca, pero sé que no te puedes meter en una burbuja ni estar aislado, porque ser buen actor es empatizar con una persona que lo está pasando mal, con una persona que está disfrutando, con al gente que tienes a tu alrededor. Ser buen actor es conocerte muy bien a ti y conocer al ser humano y desde ahí trabajar.

—Pero tienes que tener cuidado: algunas cambian, se vuelven distantes, frías, herméticas, cuando se hacen muy famosas —le dije yo, y entonces ella negó con la cabeza y sonrió

—Yo no, yo llevo mucho recorrido y tengo las ideas claras. Me he enfrentado a mis inseguridades y me conozco muy bien.

Mientras Nerea Barros hablaba uno podía darse cuenta de que esta actriz, que ahora triunfa con la película que está arrasando la taquilla y devolviendo parte de la dignidad perdida al cine español, decía la verdad y es diferente. Decía la verdad y es diferente porque su luz, su manera de mirar y su osadía, el atrevimiento de las personas que tienen muy claro qué quieren hacer en la vida y qué no quieren hacer, sobre todo qué no quieren hacer, porque ella lo tiene claro, clarísimo, que lo que no quiere hacer es separarse de la gente de la calle, el público, las personas que hacen posible todo este teatro.

Por todo eso es diferente y también porque antes de que termine la conversación ya le ha dado su móvil a un periodista al que, lo sabe, ya tiene en su bolsillo, llámame cuando quieras y quedamos, nos tomamos algo, dice, pero sobre todo es diferente porque pasa de los compromisos, de lo establecido, de lo políticamente correcto según otros (“en ese sentido soy algo punk”) y por eso, porque pasa de todo menos de lo único que es importante, es decir, ser ella misma, por eso sale a la calle en pijama una noche si tiene que salir un momento por algo, y no le importa nada si alguien la mira y la señala o si alguien le saca una foto. “No, no me importa. Además, mis pijamas son muy bonitos”, dice, y entonces sonríe, sonríe sin estridencias, sin exageraciones, una sonrisa apenas esbozada, que casi se aprecia más en la mirada que en los labios, los ojos grandes, negros, que no dejan de sonreír ni cuando el periodista le pregunta por su pierna, por la huella indeleble de la herida de su pierna.

—Me caí por un barranco.

—¿Qué?

—Sí, me caí por un barranco…

Se cayó por un barranco y se creyó que se moría, que todo había acabado cuando aquel día de enero de 2014, aquella noche en Baqueira, sus amigos se desviaron un momento, con la moto de nieve, de la ruta del guía y ella hizo lo mismo, desviarse, hasta que sintió algo dentro de sí, una llamada, una advertencia, el propio cuerpo que le advertía de la inminencia de un peligro. Lo sintió pero no hizo ningún caso hasta que se cayó y por el aire, mientras volaba, creyó que se moría, que todo había acabado, hasta que estuvo tirada en el suelo, las piernas doloridas, aunque no las miraba, porque sabía perfectamente que si miraba sus piernas no podría parar el ataque de ansiedad que la ahogaba, la paralizaba.

—Me concentré en todo lo que veía a mi alrededor, que era precioso, y confié en que pronto se darían cuenta y vendrían a por mí. Y ahora sé que de aquella experiencia he aprendido un montón. Yo creo que siempre hay que mirar el lado positivo de las cosas. Los seres humanos tendemos a mirar lo negativo tantas veces….

Así fue. Su novio se di cuenta. Sintió algo en el estómago de pronto, ¿dónde está Nerea?, ¿dónde está Nerea?, gritó de repente, y paró la moto y se dio cuenta que Nerea no estaba y por eso fueron a por ella. Su novio se llama Juan Ibáñez y sale por la tele, en El Hormiguero, pero cuando se conocieron en el Grove de San Vicente, “un lugar increíble, como Ibiza, pero en Galicia, con una energía muy especial, van muchos músicos buenos allí”, hará cinco años, no se atrevió a decirle lo que sentía hasta que un amigo en común pronunció las palabras mágicas.

—¡Pero tío, es que no ves que está colgada por ti!

—¡Anda ya! Cómo va ser eso… ¿Tú crees?

Empezaron a salir y este verano, cinco años más tarde de aquel flechazo, celebraron el aniversario en el mismo lugar, la misma playa, el mismo bar en el que ella hizo de todo cinco años atrás y los mismos amigos, y brindaron por su amor y por su suerte, la suerte de seguir enamorados después de tantos años, compartiendo tantas cosas, tantos momentos bonitos, tantas inseguridades, tantas zozobras, alegrías, los miedos y los bajones también.

—Yo a veces tengo el día malo y se lo digo, Juanito, hoy tengo el día malo, hoy te voy a decir de todo, pero tú no me hagas caso, ¿eh?

Y Juanito no le hace caso porque la ama, y porque sabe que cuando él llega de El Hormiguero, cada noche, a veces cansado, los hombros bajos, a veces sin fuerzas, ella ella deja el libro de Andrei Tarkovski y le dice, ¡anda, vamos a tomar una cervecita, Juanito!

En los días malos, que son muy pocos, cada vez menos, Juanito no le hace caso porque los buenos son muchos más y porque les une el surf, la música, los conciertos, las cenas, las mañanas de domingo, el vértigo de una vida que avanza imparable y que comparten, y la misma visión de la fama, esa ausencia de barreras reales o imaginarias con la gente de la calle, el público que sostiene todo el invento y al que están tan agradecidos.

—¿Qué hacéis para mantener vivos el amor y la pasión, después de tantos años?

—Hablar. Es superimportante hablar las cosas. Porque al principio todo es muy fácil, pero luego es cuando se encuentran las personas de verdad, y las personas de verdad arrastramos muchas cosas, muchas capas, máscaras que a veces vienen impuestas desde fuera… Es importante saber que tú tienes unos defectos, yo tengo otros, y estar dispuestos a ayudarnos, apoyarnos. Yo me siento muy apoyada por él, me gusta compartir mi vida con él. Le quiero.

El tren se iba. Nerea y yo hubiéramos podido hablar mucho más rato, de su novio, de sus sueños cumplidos, de los que faltan por cumplir, de cualquier cosa, porque ella no tiene problemas en hablar sobre cualquier cosa, pero el tren, otro tren más en este viaje emocionante, se iba. Nerea cogió su maletilla, se atusó el pelo y se despidió dulcemente, demostrando un afecto sincero, nada impostado, de una actriz verdadera, una mujer auténtica.