Desde Bla, bla, car

la Gran Vía, antes de la borrasca

la Gran Vía, antes de la borrasca

Des

Hola. Es domingo por la noche y gracias a Bla, bla, car escribo esta nota subido a un coche que no es mío, lleva remolque (sí , remolque, un remolque muy grande) y lo conduce un chico algo gordito, muy simpático, que se llama I., tiene 24 años y vive en Córdoba. “Lo del remolque tú no te preocupes, es sólo que cuando hay viento se mueve un poco, y que no puedo correr mucho”
I. me ha contado que en el remolque lleva su taller: se dedica a reparar motos a domicilio. Él y su mujer se han instalado en Córdoba, aunque son de Madrid. Le he dicho a I.: pues sí que has corrido tú, 24 años, la mujer, el coche, el taller… y dice: “Sí, y me lo he montado todo yo solito, nadie me ha ayudado”. Tal vez por eso tiene un tatuaje tan grande en el brazo derecho, he pensado, pero por supuesto no he dicho nada.
Luego me ha contado que tanto a él como a su mujer le encantan las motos, que siempre viajan en moto, cada uno en la suya, ella en su Harley con su traje de cuero (“es muy macarra, cuando se compró la moto le cambió el tubo de escape y le puso el que más ruido hacía. Es muy macarra con todo lo pequeñilla que es, pero la quiero”) y él en su Honda, un maquinón en el que lleva hechos 400.000 kilómetros.
“Este verano nos fuimos hasta Italia: Barcelona-Mónaco-Pisa-Venecia-Florencia-Roma, todo en la moto, y como llevamos para acampar dormimos donde sea, en el campo, hay un montón de sitios para acampar por las carreteras secundarias. ¿Multas? Qué va, no te dicen nada, no hay ni dios, y lo fuerte es que a veces no sabes dónde estás durmiendo y de pronto te levantas y te encuentras con un paisajazo, el mar, por ejemplo. Es la bomba”
Llegamos tarde a Córdoba. Quiero decir que hemos salido a las 19.30 y se suponía que llegaríamos a las 23.30, por lo que iba a poder dar un abrazo y un beso a mamá, que todavía estaría despierta esperándome, pero todo cambió de pronto: dos árboles se cayeron en mitad de la autopista.
Hemos estado parados en la autovía 50 minutos, tal vez 60, pero no nos desesperamos. Isra se salió del coche y dijo, “esto no se puede hacer muchas veces”. Todo el mundo salía de sus coches, unos protestaban, otros reían, otros incluso hablaron de este verano que se acababa.
Ahora, mientras escribo esta nota que publicaré de buena mañana (cuando tenga Internet), es noche cerrada y no tengo ni idea dónde estamos: tampoco me importa.
Isra va callado, también va en silencio el chico que va delante, que no ha abierto la boca en todo el viaje. La noche invita al silencio y la reflexión y a mí siempre me gustó viajar de noche, siempre, incluso cuando me decían que era muy peligroso y que no debía hacerlo.
Yo suelo tener mucho que reflexionar, y ahora más, porque este verano cumplí una promesa y acto seguido sucedió algo increíble, y porque el taller ha sido intenso, tengo más de 100 folios de apuntes, ejercicios, técnicas aprendidas para utilizar cuando quiera y con quien quiera, y he tomado decisiones vitales importantes, como C., la amiga increíble con la que he hecho el curso de Análisis Transaccional.
Hubo un momento en que C. y yo nos miramos, lloramos, nos volvimos a mirar… eso fue muy bonito. Los dos hemos crecido y los dos guardaremos para siempre estos últimos cinco días de agosto en algún lugar de nosotros mismos. Es tan bonito aprender…
Dejé Madrid diluviando hace un rato y yo, cual pitonisa, predije una tormenta cuando pasaba por la Gran Vía e hice la foto que veis. Esas nubes…
He venido a Córdoba, mi preciosa ciudad, sólo por un día, tal vez dos, por una cuestión familiar, pero he de regresar pronto.
Os deseo un gran lunes. Feliz final de agosto!!!!!
Curro
P.S. añadido el lunes: mi madre me esperaba despierta con una tortilla de patatas, gazpacho y una gran sonrisa