Javier Sierra: ‘Viví una experiencia muy perturbadora’

Javier Sierra, el autor español que más vende en EE UU, reflexiona en su nueva novela sobre la vida, la muerte y la soñada inmortalidad. Visitamos con él el Templo de Debod (que llegó a Madrid de su amado Egipto) y aquí te lo contamos todo. Texto y fotos: Curro Cañete (esta entrevista se publicó en Vanity Fair el 6 de octubre de 2014)

El escritor Javier Sierra

El escritor Javier Sierra. Foto: Curro Cañete

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“Recuérdalo siempre que estés en peligro, hijo mío, porque estás llamado a resplandecer”, se lee en ‘La pirámide inmortal’, la nueva novela de Javier Sierra, y el otro día, cuando el autor salió del Templo de Debod de Madrid, después de esa visita privada y nocturna y de escuchar las historias de Egipto de labios de este hombre apasionado, vibrante, me pareció que la frase, esa frase luminosa que se lee en su novela, quizá se la había dicho a su hijo no sólo la madre de Napoleón, como se lee en el libro, sino también la de Javier Sierra, porque Javier, como me contó luego, ya a solas, siempre ha tenido claro que él iba a hacer muchas cosas en esta vida, más cosas de las que le permitían las fronteras de Teruel, un lugar estupendo, pero que se le quedaba pequeño, como pequeñas se le quedaban también las limitaciones de la escuela, de las clases, de lo que le decían los profesores y de lo que leía en los libros de lenguaje, de historia, todos esos libros, todas esas personas, que no contenían las respuestas que él buscaba y que empezó a encontrar mucho más tarde.

Visita obligada para turistas y madrileños de a pie: el Templo de Debod al caer la noche, uno de los lugares más bonitos de Madrid, ciudad a la que llegó, desde Egipto, piedra a piedra

Visita obligada para turistas y madrileños de a pie: el Templo de Debod al caer la noche, uno de los lugares más bonitos de Madrid, ciudad a la que llegó, desde Egipto, piedra a piedra

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templo de debod noche con agua y edificio plaza espana al fondo

“Yo vivo en la magia”, me decía mientras sonreía amplia, tranquilamente, como si estuviera diciendo lo más normal del mundo, “y la magia es creer que no hay límites, porque cuando tú crees que no hay límites tienes infinitas más posibilidades de conseguir lo que sueñas”. Y luego dijo: “Esto de la magia, en la época de los faraones del antiguo Egipto, no se entendía como un pasatiempo, algo reservado para el adivino de turno, no. La magia era un asunto de Estado, algo que sabemos por los textos egipcios. Yo he bebido de esas fuentes. Mira, si en lugar de estar en un templo (el Templo de Debod, regalo de Egipto a España), estuviéramos en La Gran Pirámide de Guiza, encontraríamos un sarcófago en vez una naos. En el corazón del sarcófago de la Pirámide de Keops se tumbó Napoléon durante horas, y nunca quiso hablar de aquella experiencia. Sólo dijo: ‘Aunque lo contara, no me ibais a creer’. Yo también me tumbé buscando mi resurrección. Porque el propósito fundamental de esta novela no es otro que encontrar un antídoto a la muerte. Es la gran preocupación que tiene el ser humano desde siempre. Ese remedio es el amor. El amor es lo que vence a la muerte

Muchos escritores, casi todos, contemplan sus criaturas a lo largo de los años con cierta melancolía, de reojo, pero no se atreven a tocar lo que una vez hicieron por respeto a su obra, o por miedo a lo que puedan decir los demás, los críticos, los lectores. Javier Sierra también tenía esos miedos y, sin embargo, se decidió a hincarle el diente de nuevo a una de sus criaturas, precisamente una de las más “intocables” de sus criaturas, la que contaba la historia de un misterio tan grande como el de la propia vida, el de su vida, ya que él, para escribirla, hizo exactamente lo mismo que hizo Napoleón: irse a la Gran Pirámide y pasar una noche en ella, tratar de dormir bajo los techos altos, triangulares, de aquel monumento colosal, “el más alto que había creado el ser humano hasta la construcción de la Torre Eiffel”, los mismos techos en los que descansaban los faraones y que apuntaban hacia el cielo para conectar con las estrellas, para unir de algún modo lo de arriba con lo de abajo, lo espiritual con lo terrenal. No sabemos cómo, pero lo hizo y, según cuenta, le sucedió lo mismo que cree que le sucedió a Napoléon: vivió experiencias de otro mundo. Todo eso cuenta Javier, y lo cuenta riendo, sonriendo todo el tiempo, como si las cosas no merecieran ser contadas de otra manera que no sea con alegría, el gozo de saber que él está aquí, y escribe libros, para contribuir, construir algo bonito.

—’La pirámide inmortal’ forma parte de ese juego: resucito una novela anterior, la reescribo y la reabro. Sé que no lo hace nadie, pero qué más da, lo hago yo. Yo amo mis historias. Cuando escribo un libro es porque el tema, la trama, lo que hay detrás, me apasiona. Si no, no lo escribo. Y cuando yo echo la vista atrás y veo que la factura de aquella novela no era la correcta tal y como yo lo veo ahora, y que podía sublimarla y darle un mensaje aún más profundo, pues me lanzo y lo hago, ya está, no pasa nada, en la literatura no hay leyes. El que se somete al imperio de lo que dicen los demás se convierte en un esclavo y yo no quiero ser esclavo.

—Al fin y al cabo, haciendo lo que tú querías, aquello en lo que tú creías, es como has conseguido un gran éxito literario, ¿no?

—Desde luego.

—¿Cómo viviste aquel éxito?

—Sucedió hace diez años con la publicación de ‘La cena secreta’. Yo sabía que con ese libro iba a suceder algo especial porque cuando lo terminé lloré, y tal cosa no me había sucedido nunca con un libro. De repente todas las piezas encajaban, había un misterio vinculado con la interpretación de la última cena de Leonardo que nadie había podido leer antes y que yo sí leí y comprendí y por eso me pudo la emoción. Yo envié mi libro a mi agente y mi agente, sin yo saberlo. lo presentó a un concurso literario, quedó finalista del Premio de Novela Ciudad de Torrevieja, y al poco tiempo compró los derechos una editorial importantísima de EE UU. ¿Cómo lo viví? Lo esperaba, porque yo sabía que era un buen libro, un libro especial, pero nunca te puedes imaginar que el mundo se va a dar cuenta de que lo es. Disfruté el éxito. Yo soy de naturaleza sociable, no soy un escritor en una cueva, por lo que me pareció maravilloso lo que vino después, aunque, también es cierto, lo confieso, que aquel éxito me tuvo paralizado durante mucho tiempo. Estuve siete años sin publicar novela, porque no me atrevía a hacerlo.

—¿Y qué hiciste durante esos siete años?

—En esos siete años escribí otras cosas, no estuve ocioso, pero lanzarme en una novela se convirtió en una gran responsabilidad para mí: yo quería hacer algo que estuviera a la altura de aquella. Eso me bloqueó. Luego comprendí que el éxito no hay que buscarlo, sino que el éxito te lo encuentras, y que te lo encontrarás siempre que seas fiel a tu propia voz. No tienes que hacer concesiones. No tienes que satisfacer la demanda externa, porque eso no funciona. Tienes que satisfacer tu exigencia interna y nada más. El caso es que yo sentía mucha responsabilidad y eso me bloqueó. Me decía: “Yo como voy a estar a la altura de todo lo que se espera de mí” Fue un error que me tuvo paralizado mucho tiempo.

—Finalmente, ¿cómo te liberaste de ese error?

—Me liberé publicando ‘El ángel perdido’, una novela que yo publiqué en 2011 y que fue un éxito tremendo. De hecho, fue la gira literaria más larga que se ha hecho en España. Fue una gira de 101.711 kilómetros, porque me sentía en deuda de gratitud con todas las personas que habían confiado en mí. Fue un buen libro pero tenía muchas claves de best seller internacional, americano… de repente, ahí tuve más claro todavía que lo que tenía que hacer era escribir lo que quería escribir, seguir mi camino, bueno o malo, pero el mío. Entonces publiqué un libro que pensé que iba a pasar desapercibido, ‘El maestro del Prado’. Quería hablar de mi pasión por el arte, me empezaron a fascinar los arcanos, y escribí ese libro en clave novelesca pero también muy autobiográfica porque el personaje soy yo, se llama como yo, piensa como yo, y es como yo era a los 20 años, que es la edad que tiene el personaje en esa novela. Yo pensé que sería un relato menor, secundario, que no iba a llegar a la gente, y sin embargo se convirtió todavía en un fenómeno mayor, con lo cual se ratificó mi creencia de que lo que tengo que hacer es lo que tengo que hacer.

—Pero, entonces, volviendo a esta novela, ¿me contarás lo que sentiste la noche que dormiste en la Gran Pirámide de Egipto?

—Fue una experiencia muy perturbadora. Yo quise pasar esa noche porque me podía la curiosidad de saber qué es lo que le ocurrió a Napoleón Bonaparte cuando estuvo allí. Lo que yo no esperaba es que me iba a encontrar con lo que finalmente me encontré. Es un lugar muy especial, donde tú entras con muchas imágenes en la cabeza, seducido por la atmósfera, y de repente, cuando empiezan a pasar las horas y empiezas a notar que te estás desintegrando, que no eres nada y que estás casi desapareciendo en medio de esa tiniebla tienes un destello de lucidez en el que dices, dios mío, la muerte, es esto, y crees que te has muerto, aguantas, porque sabes que tienes que aguantar, pero cuando emerges de la pirámide, sales fuera, sientes otra cosa todavía más poderosa, una explosión, te golpea el viento caliente del Sáhara y descubres que estás VIVO, con mayúsculas, porque vienes de la muerte, y sólo entonces lo comprendes todo. La Gran Pirámide, la cámara del Rey, donde yo estuve, donde estuvo Napoleón, era una máquina de iniciación, es decir, esa máquina te mata simbólicamente y te hace ver lo que es la muerte para luego devolverte a la vida para que la aproveches totalmente.

—¿Y qué hay que hacer para ir allí?

—Eso fue una peripecia… si yo te contara… pero también te digo una cosa, esa experiencia que yo tuve se puede tener en otros lugares. Yo la busqué, pero hay mucha gente que ha tenido esa experiencia por un accidente de tráfico brutal, o porque han tenido una pérdida importante… La diferencia es que yo la busqué. Cuando sales de allí te das cuenta de que tienes un gran viaje por delante.

—Mucha gente no va a creer lo que estás contando.

—Sí, sé lo que dices, pero, ¿sabes por qué? Al profundizar en la conversación con la mayoría de la gente que dice que no se lo cree lo dice por miedo. Porque el gran tabú de esta sociedad es la muerte. Hablar de la muerte es el tabú, no hay otro, todos los demás han saltado por los aires afortunadamente. ¿Por qué es la muerte el gran tabú? Porque quien asume esto de repente deja de ser un buen consumidor. Porque valoras otras cosas que no son consumibles, que no son tarificables. Por ejemplo, valoras más ver un amanecer que tener una televisión de plasma. El amanecer es gratis. De repente descubres que las cosas que le dan valor a la vida son gratis. Lo que yo intento con este tipo de literatura es que dejemos de ser zombis, para que despertemos y nos demos cuenta de qué es lo bueno de la vida.

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templo de debod noche con agua y edificio plaza espana al fondo

Laura Franch, Laura Verdura, Isabel Santos y Fátima Santana. Son las chicas de Planeta: eficientes, y siempre detrás de todo

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