No hay resentimiento justificado

portada_dyer_opMe leído el maravilloso libro de la hija de Wayne Dyer, Serena Dyer, que me ha sorprendido gratamente con un lenguaje propio y con un libro bellísimo. Dejo un extracto del capítulo “No hay resentimiento justificado”, que tal vez puede ayudar a quien lo necesite a liberarse un poco más del qué dirán o de las cosas que los demás nos dicen y nos molestan. No tenemos por qué creer lo que nos dicen.

No hay resentimiento justificado

Cuando era pequeña, había una palabra de cinco letras que comenzaba por “c” y que no se nos estaba permitida pronunciar o utilizar. La palabra en cuestión era culpa. Papá tiene tolerancia cero con el resentimiento. Simplemente, no nos permite culpar a nadie. Nos anima a responsabilizarnos nosotros mismos.

“Sois el producto de todas las decisiones que habéis tomado”, nos decía.

“¡Pero tú no lo entiendes!”, me quejaba yo. “Mi profesora de mates me odia de verdad y lo sé muy bien. Me vuelve loca a diario”.

“Ella no puede volverte loca”, me contestaba. “Tú te permites volverte loca con lo que ella te dice. Nadie puede hacerte sentir inferior o no querida, o herir tus sentimientos sin tu permiso y consentimiento. Tú eres la que establece los límites. Puedes liberarte. Empieza hoy”.

Aunque su demencial lógica me exasperaba, Papá nunca vacilaba. Para ser completamente libre, me decía, tenemos que responsabilizarnos de todo lo que pasa en nuestra vida (incluso de las cosas que no nos gustan); esto significa que, si queremos liberarnos de ello, tenemos que ser responsables de ello. Una vez que lo hacemos, podemos cambiar nosotros en lugar de esperar a que alguien o algo cambie por nosotros.

Mi padre cuenta esta gran historia de cuando era psicólogo en prácticas. Él tuvo una paciente que iba todas las semanas y pasaba la hora entera atacando a su madre, culpándola por todo lo que le había ido mal en la vida. Alrededor de la cuarta sesión, Papá le dijo a la mujer: “Así que básicamente lo que dices es que todas las decisiones que has tomado en tu vida -las decisiones que te han llevado al lugar en el que estás ahora, el cual no te gusta- son culpa de tu madre”.

La mujer asintió, estando de acuerdo con que su madre era la culpable de todos los problemas que existían actualmente en su vida. Papá le contestó: “Si tu madre es la raíz real de todos tus problemas, como dices, tráela. Trataré a tu madre y mejorarás”.

Me encanta esta historia porque muestra lo fácil que es culpar a otra persona cuando lo que realmente necesitamos es responsabilizarnos nosotros mismos. A menudo oigo a otros decir cosas como: “No cambiaré por nadie” o “así es como soy, tómalo o déjalo”. Yo intento mantenerme alejada de la gente que dice cosas así. Prefiero pasar mi tiempo con gente que desea evolucionar, crecer y expandir su consciencia, gente que se responsabilice de quiénes son y de su impacto en el mundo. Como mi padre me enseñó a hacer.

¿Qué hay en una etiqueta?

Cuando yo era niña, a Papá le encantaba hacer una gran escena dramática cuando yo quería tener razón, que era todo el tiempo. Uno de mis recuerdos favoritos ocurrió cuando estaba en primer curso. Llegué a casa de la escuela muy molesta porque un chico de mi clase me había llamado estúpida delante de todo el mundo.

Imagino que la mayoría de los padres habrían consolado a sus hijas de seis años, asegurándoles que no son estúpidas y que el chico malo estaba equivocado. Los míos no.

“Tienes que haber creído a ese chico si eliges su opinión sobre ti antes que la tuya sobre ti misma”; me dijo Papá. “¿Crees que eres estúpida?”

“No”, respondí. “¡Soy súper lista!”

“Bueno, y ¿qué pasa si mañana llega este chico y te dice: ‘Ayer, Serena, eras estúpida y hoy, eres un coche?’ Si otro día te dice que eres un coche. ¿Te convertiría eso en un coche?”

Por supuesto, comencé a partirme de risa con lo de ser un coche. ¡Qué ridículo! Papá metió a Sands y a Saje por en medio, pese a que solo tenían cuatro y dos años en aquel momento. Los tuvo un buen rato jugando al “coche”, diciendo: “Serena, ¡eres un coche! ¡El niño te lo dijo!”. Todo me parecía muy gracioso. Todos reíamos y, pese a que yo era bastante joven, entendí que lo que implicaba tenía mucho sentido.

Aquel día, mi padre me enseñó una lección importante. Solo porque alguien me etiquete, no significa que sea cierto. No dice nada de quien soy; en todo caso, dice algo de esa otra persona. Mi opinión es que, si los padres enseñaran esto a los niños a una edad temprana, el acoso escolar no prevalecería tanto ya que el insultar no tendría efecto. Yo era la niña más escuálida de clase, pero tenía más confianza que nadie. Sabía que lo que las otras personas pensaban o decían de mí no era de mi incumbencia.

Me resulta curioso que no hacer caso de la opinión de los demás me era más fácil cuando era más joven que ahora. Todavía tengo confianza en quién soy, pero no todos mis planes han dado resultado por completo. Cuando estaba en la universidad, si alguien me preguntaba a lo que me dedicaba, simplemente les decía que estaba haciendo un máster. Parecía que me atribuía más respeto. Pero después de terminar mi carrera, no comencé a trabajar en seguida. Cuando la gente me preguntaba que a qué me dedicaba, me abochornaba admitir que no estaba segura todavía. Me había acostumbrado a ver mi valor como persona relacionado a lo que estaba “haciendo”. Cuando no estaba haciendo nada, sentía que no era nada. Todo el gran apoyo y confianza que recibí de mis padres desde pequeña no me previno de sentirme de esta forma.

Afortunadamente, al escribir este libro he reconectado conmigo misma. He empezado a ver lo inútiles que eran mis pensamientos negativos. Nadie más que yo me estaba presionando o haciéndome sentir así; estaba eligiendo sentirme insegura. No puedo explicar por qué elegí sentirme mal, pero noté que huía de las cosas que sabía que me harían sentir mejor. Estaba hundida y buscaba más razones para seguir ahí.

Un día, fui consciente de que podía volver a ser la chica desenfadada, feliz y segura que con tanto aprecio recordaba haber sido. Desde ese día en adelante, siempre que me enfrentaba a una decisión entre algo que me hacía sentir bien conmigo misma y algo que me hacía sentir mal, elegía sentirme bien. Esto lo aplicaba decidiendo no tomar un segundo vaso de vino durante la cena o no teniendo una pelea estúpida con mi marido. Otras veces, simplemente quedándome en casa por la noche para escribir en lugar de irme de fiesta.

Me di cuenta de que, si quería sentirme bien, ligera y en paz, necesitaba tomar decisiones que me ayudaran a alinearme con ese sentimiento. Cómo nos sentimos con nosotros mismos es una decisión. Esto es lo que Papá me enseñó con su política de tolerancia cero a la culpa. Culpar a otros o a nosotros mismos nos hace sentir peor, no mejor. En vez de eso, tenemos que elegir lo que nos hace sentir bien. Para mí, esto significa buscar oportunidades de amar, entender y perdonar, alinearse con el tipo de situaciones que realmente quiero en la vida. Decidí dejar de culparme por no estar ya más avanzada mi carrera profesional. En lugar de eso, comencé a centrarme en amarme a mí misma y aceptar mi vida exactamente cómo era. En ese punto, mi vida comenzó a cambiar para mejor.