Tu yo saludable

yo mismo, verano de 2018

Ayer me encontré a una amiga de mi madre, muy maja, pero que al verme, después de bastante tiempo, insistió en algo: “Estás muuuuuuy delgadooooo, tienes que engordarrrrrr”. Lo repitió tres veces y el tono no era precisamente el de un piropo. Y fue lo mismo que me dijo la última vez que la vi. Yo le dije: “Pues tú estás muy guapa”, y me fui. La báscula de la farmacia de Malasaña dice que estoy en la media de mi peso ideal y todos mis análisis confirman que estoy perfecto (me los hago cada año) y cuando fui al nutricionista me dijo que ojalá todo el mundo estuviera como yo, pero la  amiga de mi madre no es la única que me dice lo de “TIENES QUE COMER MÁS”. Mi propia madre me lo repite cada vez que se le escapa (porque le he pedido por favor que no me lo diga cada vez que me ve, ya que llevaba diciéndomelo años, no porque quiera, sino porque tiene la creencia en su mente y no consigue deshacerse de ella) y ayer le dijo a su amiga: “Ya se lo digo yo, pero es que le molesta”. Yo dije que no, que no me molesta, porque afortunadamente soy coach y sé cómo cambiar el diálogo interno para que no te afecten tanto los comentarios de los demás, así que ha dejado de molestarme lo que sí entiendo que les moleste a quienes hacen esfuerzos por cuidarse y por estar bien. Porque yo al menos siempre que veo a alguien que se cuida, que no toma alcohol, o que no come lo que come el 99 % de la sociedad, lo celebro, no lo critico.

Por eso, me he decidido a escribir este post, porque enlaza con la conversación que tuve hace unas cuantas noches con mi amiga Estrella: la sociedad quiere personas que coman mal, que se nutran mal, que se alimenten con tóxicos, en definitiva, que ENGORDEN, pero no demasiado, porque cuando engordas demasiado, aunque no te dicen “estás gordo”, lo piensan y se les nota en la cara.

Eso de “ESTÁS MUY DELGADO, TIENES QUE ENGORDAR” con cara de horror no me lo dijo Odile Fernández, doctora y nutricionista experta en prevenir el cáncer, el día que la entrevisté. Por el contrario, me dijo: “Estás fantástico. Y como las toxinas, que son las desencadenantes no solo de algunos cánceres sino de muchas enfermedades, se quedan en los michelines, puedes estar tranquilo si no siempre has comido bien”. Tampoco me lo dice Carmen Giménez Cuenca, que además de ser una de mis mejores amigas es coach especializada en salud y en longevidad en plenitud que asiste a todos los congresos de medicina antiaging del mundo.

Una vez leí protestar a Victor Algora, cantante, porque le habían dicho que estaba muy delgado por vez número 1.000 en un año. Él estaba mucho más delgado que yo, simplemente era su constitución, y debían de habérselo dicho tantas veces en la vida que estaba harto. Él dijo que le parecía una falta de respeto, que era la misma falta de respeto que cuando le dices a alguien en su cara “estás gordo”. A mí me pareció que tenía sentido.

La diferencia, tal y como yo lo veo, es que la persona que tiene kilos de más está perjudicando enormemente su salud y su cuerpo, mientras que la persona que se cuida y que está dentro de su peso ideal (algo que se comprueba yendo al nutricionista, o pesándote, como he hecho yo) está cuidando de su salud y de su cuerpo.

El problema es que en esta sociedad estamos acostumbrados a celebrar el exceso de grasa, a animar a la gente a terminarse el plato aunque ya no tenga hambre, a repetir comida aunque ya estés lleno, y también estamos acostumbrados a comer mal, a ir de tapas y que el 90 % de lo que sirven en los bares no solo nos engorde y se convierta en grasa, sino que no nos nutra y nos intoxique, y todo ello por no hablar de la publicidad enorme que nos invade por todos lados de alimentos procesados, llenos de químicos, de dulces y bollería industrial y largo etcétera que son, literalmente, un veneno. Y que además engordan. Engordan mucho.

Porque mi experiencia me dice que comiendo bien, alimentándote realmente bien, es difícil tener exceso de peso si haces deporte.

En esta sociedad mucha gente todavía celebra LO NO SALUDABLE en lugar de LO SALUDABLE. De hecho, a veces, cuando alguien dice que quiere adelgazar, la mayoría de las veces el entorno, salvo que sea una persona claramente obesa, no anima a ello, al contrario, animan a que no lo haga y siga comiendo lo mismo que come, es decir, regular mal, porque si no no querría adelgazar. “¿Para qué, con lo bien que estás?”, suelen decir a alguien que plantea su  iniciativa de comer mejor. Yo nunca hago eso. Si alguien quiere empezar a comer bien, siempre lo celebro, porque sé lo importante que es. Y si alguien no quiere comer bien, me callo y le respeto, por supuesto. 

Mirad, yo no estoy muy delgado, estoy mejor que nunca, me siento con más vitalidad y energía que en toda mi vida, duermo bien, me siento bien, y no me salto ninguna comida y en todas como las cantidades que mi cuerpo pide, que son grandes porque soy muy deportista, y que incluyen todos los nutrientes que mi cuerpo necesita. Me he formado en nutrición para poder asesorar a otros y he evolucionado lo suficiente como para no querer intoxicar mi cuerpo con alimentos que no me aportan nada. Respeto mi cuerpo como si fuera un templo, y disfruto cuidándome. Y me encanta la idea de saber que dentro de unos años me cuidaré todavía más, porque cada vez sé más y conozco más.

Sé que los alimentos se incorporan a mi cuerpo, y que cuando meto en mi cuerpo alimentos que mi cuerpo no entiende, se convierten en toxinas. Y las toxinas ENVEJECEN y lo estropean todo, además de provocarte enfermedades en el futuro. Y yo quiero no solo disfrutar del presente (comiendo alimentos deliciosos y nutritivos) sino llegar a los cien años con salud, disfrutando también entonces de la vida. Y por eso me cuido. Porque cuidándome, disfruto más el presente ya que tengo más energía, y porque cuidándome, aumento mucho las posibilidades de cumplir mi visión de cumplir más de cien años con buena salud.

Por eso, me he decidido a escribir este post, porque a mí no me importa ni me afecta en absoluto que las amigas de mi madre me digan una y otra vez, una y otra vez, que tengo que engordar, para así tener la grasa abdominal que tienen el 90 por ciento de los hombres al cumplir 40 años, me he decidido a escribir este post, decía, para ver si logro que en cierta medida cambie la creencia que vaga libremente por la sociedad de que lo bueno es “estar hermoso”, es decir, un poco rollizo, como lo estaba yo antes, hace diez años, con una cara inflada, sin músculos algunos en el cuerpo porque el ejercicio no era una opción, y cinco michelines bien grandes enrollados en mi cintura.

Curiosamente, las únicas personas que me dicen lo de que “ESTÁS MUY DELGADO, TIENES QUE ENGORDAR” son las que me conocen de cuando tenía 10 kilos más, porque nadie, jamás, de las nuevas personas que he ido conociendo en estos años me ha dicho algo parecido, al contrario, les parece que estoy muy bien. De hecho, ligo muchísimo más que antes, ¡y eso que antes era más joven! Recuerdo un chico muy guapo con el que ligué fugazmente que cuando vio una foto mía antigua, de mi yo de 28 años, que tenía colgada en la pared, dijo con cara de asombro y desagrado: “¿ESTE NO ERES TÚ, VERDAD?”. ¡No me reconocía! Le dije que sí, que era yo. Y entonces le salió del corazón: “¡AHORA ERES MUCHO MÁS GUAPO!”

Todos tenemos dentro todas las posibilidades: un yo saludable y un yo no saludable. Y la elección te corresponde solo a ti.

El yo saludable nos lleva a una vida saludable y el yo no saludable nos lleva a otra vida de falta de salud.

Son dos vidas posibles: la saludable (buena alimentación, deporte, emociones positivas) y la no saludable (mala alimentación y casi nada de deporte) y las consecuencias de una y otra están claras: solo tienes que abrir los ojos y mirar a personas mayores, darte una vuelta por un hospital o leer estadísticas en Internet.

Por eso, te animo encarecidamente a que cada vez que veas a alguien que se cuida, le digas con una amplia sonrisa: “Olé, QUÉ GUAPO ESTÁS” o “ESTÁS ESTUPENDO”. Seguro que, en el fondo, te lo agradecerá.