Vivir con propósito. Por Wayne Dyer

Si miro atrás y observo el cuadro entero de mi vida, puedo ver desde la perspectiva del momento actual que todos y cada uno de los aspectos de ella han sido necesarios y perfectos. Cada paso conducía a un lugar más elevado, aún cuando estos pasos parecieran a menudo obstáculos o experiencias penosas. Todas las personas realmente felices y de éxito que yo me he encontrado confirman este conocimiento de que no existen en realidad los accidentes. Ven el universo como algo con un propósito, incluidos los llamados accidentes. Todos están de acuerdo en que todo acontecimiento único que tiene lugar en nuestras vidas conduce a un lugar más elevado. Como decía Henry Miller: “No hay que ordenar el mundo, porque el mundo es la encarnación del orden. Somos nosotros quienes debeos ponernos al unísono con ese orden”.
Empieza ahora mismo a reconsiderar toda tu experiencia vital y a verla como un hermoso tapiz o viaje hacia una mayor conciencia. Hay un modo sencillo de hacerlo, y es imaginar la vida como un viaje con tres caminos ascendentes:

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1. Iluminación a través del sufrimiento.

En el primer camino de nuestro viaje, aprendemos a través de un proceso que yo llamo “iluminación a través del sufrimiento”. En ese momento de la vida, que no tiene nada que ver con la edad cronológica, te preguntas: “¿Por qué a mí?”, cuando ocurre algo doloroso o difícil. Si, por ejemplo, se trata de la ruptura no deseada de una relación, pasarás esos momentos sufriendo y preguntándote cómo y por qué puede haberte acontecido semejante desastre. Pasado un tiempo, cuando te recuperes, serás capaz de mirar atrás y decir: “Ahora sé por qué tuve que pasar por esa ruptura”, y verás, con la ayuda de la visión retrospectiva y el sufrimiento, que ese hecho te ha permitido avanzar y pasar a otra experiencia vital importantísima. Desde la perspectiva que te da el mirar atrás, te darás cuenta que debías experimentar ese dolor a fin de trascenderlo.
Éste es el patrón de crecimiento que experimentan muchas personas; ocurren acontecimientos, el sufrimiento hace su aparición y a continuación surge la luz. Estos acontecimientos pueden ocurrir en prácticamente todas las áreas de la vida: adicciones, quiebras, enfermedades, rupturas, vacío espiritual, despidos del trabajo, problemas fiscales y cualquier cosa entre una y la otra. La experiencia consiste en aprender a través de la visión retrospectiva, repitiendo una y otra vez ese patrón de sufrimiento. Hay personas que prosiguen este ciclo a lo largo de toda su vida. Nunca abandonan el primer camino y nunca experimentan el estadio superior de iluminación. Se pasan literalmente la vida sufriendo y, después de caminar mucho, pueden ver o no que cierto acontecimiento era necesario y que constituía en su momento una prueba que se les planteaba. Parece que nunca reciban el mensaje que nos dice que la vida nos hace exámenes y que, a menos que aprendamos de nuestros errores, estamos condenados a repetirlos. Por ejemplo, se pasan la vida preguntándose: “¿Por qué a mí, Dios mío?; ¿por qué me ocurre esto a mí?” Para las personas de esta categoría, la realidad mágica es inalcanzable.

2. Iluminación a través de los resultados.

Si reconoces en el primer camino un patrón existente en tu propia vida, probablemente es que has pasado del sufrimiento como medio de aprender a la “iluminación a través de los resultados”. En este nivel, aprendes a dejar de preguntarte: “¿Por qué a mí, Dios mío?”, y desarrollas en ti un conocimiento que dice: “No hay accidentes, todo lo que experimento es de algún modo necesario para que pueda avanzar y para pasar a la siguiente etapa”. En lugar de hacerte la pregunta: “¿Por qué a mí?”, empiezas a preguntarte: “¿Qué hay en esta experiencia que yo pueda utilizar para mi beneficio, aun cuando no comprenda en estos momentos por qué ocurre?”.
Es éste un cambio de enorme importancia. Cuando la mente está concentrada en lo que se puede aprender de una experiencia, no se regodea con pensamientos que puedan conducir al sufrimiento, pensamientos como: “¿por qué a mí?”, “¡Qué espantoso!” o “¡Qué mala suerte tengo!”. El cambio producido en la mente permite contemplar el resultado del acontecimiento o de la experiencia y lo que se puede aprender de él. En lugar de compadecerte, adoptas una actitud más positiva. Te preguntas: “¿Cómo puedo crear el resultado que deseo a través de esta enfermedad que estoy sufriendo en estos momentos?” o bien: “¿Qué puedo aprender acerca de mí mismo y cuánta fuerza puedo reunir para hacer frente de manera eficaz a este problema?”.
Muchas personas se pasan la vida entera recorriendo este segundo camino. Han superado el sufrimiento como estilo de vida. Se preguntan siempre: “¿Cuál será el resultado en relación conmigo?”. Son éstas las personas con objetivos, concentradas en derechos y ambiciones concretos con vistas a los cuales trabajan de manera asidua; ven oportunidades en los obstáculos. Vivir para los resultados es muy superior a vivir en el sufrimiento. Da sentido a la vida y nos mantiene motivados para fijarnos metas cada vez más elevadas. Elimina prácticamente el dolor que nace de la autocompasión. Para muchas personas que viven su vida para los resultados, no existe lugar superior. Están centradas en los resultados y, cuando los logran, buscan resultados nuevos y más grandes. Sin embargo, a sus vidas les falta la posibilidad de experimentar la realidad mágica y la capacidad de hacer que se produzcan milagros. Para ello hay que pasar al tercer camino de este viaje metafórico.

3. Iluminación a través del propósito.

“Nada puede ayudar más a una persona a superar o soportar los pesares que la conciencia de tener un propósito en la vida”. Victor Frankl escribió estas palabras mientras soportaba la locura y la brutalidad del campo de concentración nazi de Auschwitz durante la Segunda Guerra Mundial. Aprender que tienes una misión heroica y ponerte a la altura de esa misión es el tercer paso que te recomiendo. Llamo a este camino “iluminación a través del propósito”. Todo en el universo tiene un propósito. De hecho, la inteligencia invisible que fluye a través de todo con un fin determinado fluye también a través de ti. A fin de experimentar la realidad mágica es necesario efectuar un cambio espectacular y pasar de los resultados a los propósitos. Se empieza a lograr esto viendo nuestra presencia aquí desde una nueva perspectiva. Prueba brevemente este nuevo modo de pensar acerca de ti mismo y ve si tiene sentido y se te parece adecuado. Si te parece absurdo y no crees que vaya a ser adecuado para ti, vuelve a los resultados o al aprendizaje a través del sufrimiento.

Cómo pasar al propósito
He aquí un modo de iniciar el proceso de pasar al propósito. Piensa primero en el concepto de eternidad. Admitamos que ésta es una idea confusa para nuestra mente, pero piensa simplemente en lo que significa la palabra eternidad. No hay principio ni fin, igual que en el concepto de Dios o de naturaleza o de universo. Pero para siempre. Al contemplar el concepto de eternidad, ¿qué sientes? Ten en cuenta que lo haces desde dentro de una forma física, tu cuerpo, que sí ha empezado y sí terminará. Este yo físico puede considerar un concepto que desafía los comienzos y los fines, pero no puede experimentarlo directamente. Esto es cosa de la mente. Sin embargo, el concepto de eternidad es algo que sí puedes aceptar. Sabes que el universo no termina en ningún punto en concreto. Sabes que había algo llamado vida que existía antes de tu concepción. Si eres capaz de considerar la eternidad desde el interior de tu cuerpo efímero, ello ha de ser debido a algo existente dentro de tu yo no físico.
Intenta ver tu vida como un paréntesis en la eternidad. Este paréntesis se abre en el momento de tu concepción y se cierra en el instante de tu muerte. El espacio dentro de este paréntesis es tu vida, rodeada de algo que se llama eternidad. Este algo que llamamos eternidad no se experimenta físicamente y, sin embargo, existe de manera misteriosa en el interior de la mente. Hay algo que forma parte integral de nosotros y que es invisible. Llamémoslo mente, pensamiento, conciencia, alma, como quieras. El nombre que se le dé no importa. El yo invisible, esa parte que no es tu yo sensorial físico, es la parte capaz de contemplar la eternidad. Si aceptas, aun levemente, la idea de eternidad, ésta es real para ti. Si eres capaz de convivir con la idea de eternidad, a ti te corresponde explorar esta idea. Y si te hallas en el punto en que eres capaz de considerar la eternidad o la ausencia de fin al menos por curiosidad, podrás utilizar esta curiosidad para ayudar a dar un propósito a tu vida. Puedes hacerlo de la manera siguiente: recuérdate primero a ti mismo que todo existe por alguna razón, como parte de la inteligencia perfecta que es el universo. A continuación, aquí y ahora y tengas la edad que tengas, retrocede diez años con el pensamiento y entonces imagínate a ti mismo. Examina lo que pensabas en ese momento, cómo vestías, lo que sentías y a quién admirabas. ¿Cuántas cosas de las que viviste entonces te han llevado adonde estás hoy? Retrocede ahora diez años más en tu mente y ve cómo todas y cada una de las experiencias y los aprendizajes te han llevado al punto siguiente y luego al siguiente, hasta hallarte de nuevo en la actualidad.
Si eres sincero, descubrirás que cada experiencia de tu vida era absolutamente necesaria para conducirte al punto siguiente y luego al siguiente, hasta este mismo momento. Este ejercicio mental es muy útil en el desarrollo de la capacidad de contemplar y meditar. En última instancia, puedes volver a ser un niño en el pensamiento. Verás que las experiencias de la infancia, fueran éstas cuáles fuesen, ayudaron a esa personita que fuiste a hacerse mayor y llegar a ser el adulto que eres hoy. No te estoy pidiendo que juzgues, que muestres tu agrado o desagrado, que apruebes o desapruebes. Simplemente tienes que ver que cada experiencia te ha llevado a la siguiente y te ha ofrecido algo para seguir o no creciendo. Era necesario que tuvieras esas experiencias y la prueba de ese punto de vista es que las tuviste. Así de sencillo. ¡Las tuviste! Pasaste luego a la experiencia siguiente y luego a la siguiente, todas entrelazadas de manera invisible y todas conducentes al ahora. Puedes haber vivido para el sufrimiento o para los resultados, pero tuviste en todo caso esas experiencias y eso nada podrá cambiarlo.
Si vuelves a tu infancia con el pensamiento, desde la perspectiva del momento actual, y echas un vistazo en serio a todas las experiencias de tu vida, las buenas y las malas, las terribles y las sublimes, empezarás a saber al instante que corre por el interior de tu vida física una especie de fuerza invisible que lo conecta y lo une todo. En algún lugar de todo ello hay un sentido, y todo acontecimiento aislado de tu vida está de algún modo relacionado con el acontecimiento siguiente. Está la persona que pareció entrar en tu vida por pura coincidencia, que te presentó a otra persona, que te condujo hasta algo, que dio un vuelco total a tu existir. Te darás cuenta de que sin esa extraña casualidad no habrías conocido a la compañera o compañero de tu vida, no habrías tenido los hijos que has tenido, no habrías asistido a la escuela en la que estudiaste o no habrías puesto en marcha el negocio que se ha convertido en tu medio de vida. Vistos desde la perspectiva del ahora, acontecimientos insignificantes, al parecer sin relación ni sentido, te han llevado todos ellos hasta el preciso momento en que lees estas líneas.
Viajando mentalmente puedes volver hasta la infancia, puedes volver hasta tus comienzos. Tu mente racional te dice que hubo un instante, un ápice de tiempo, en que fuiste concebido. Sin perder de vista los dos componentes esenciales de este ejercicio –el hecho de que la eternidad es un concepto que puedes contemplar en un cuerpo no eterno y de que el universo es perfecto y tiene un propósito-, contempla mentalmente el ápice de tiempo inmediatamente anterior a tu concepción en que formabas todavía parte de la eternidad, ese instante de la eternidad justo antes de que se iniciara tu paréntesis. Tuvo que haber un instante así, un instante en que , por la razón que fuera, pasaste de lo que llamamos la nada (ausencia de fronteras, de normas, de límites, de forma) a “el algo”. La pregunta que te planteo es: “¿Por qué?, ¿por qué pasaste de la no forma a la forma y apareciste en este cuerpo humano para vivir durante un período de tiempo y luego regresar a la eternidad, de nuevo a la ausencia de forma?
Podríamos especular todo el día acerca de por qué iniciamos semejante viaje. Algunos creen que fue suya la elección de entrar en el mundo físico de los límites y las fronteras. Otros ven en este hecho la voluntad divina. Y otros lo ven como un accidente monstruoso y sin sentido, simplemente una coincidencia cósmica. Pero, creas lo que creas en definitiva, sabes que ocurrió. Yo sugiero que tu presencia en el mundo de la forma tiene una gran misión y que puedes descubrir y empezar a pensar, a sentir y a comportarte de acuerdo con esa misión.
Yo, Wayne W. Dyer, he vuelto atrás en el tiempo con mis meditaciones y he descubierto por qué aparecí en esta forma, por qué fui concebido, allá en 1939. Para mí está muy claro. He preguntado a Dios (u otro nombre que queramos darle a esa parte invisible de nosotros mismos) y he recibido respuestas. Conozco mi gran misión y el sentido que yo le doy. Acepto el hecho de que nací en 1940 para lograr ciertas cosas y que todas y cada una de mis experiencias vitales desde la concepción me han llevado hasta este fin. Creo que tuve y sigo teniendo el poder de elegir la concordancia con este orden perfecto y que, cuando no estuve de su lado, fue también por un motivo. Mi propósito me ha sido claramente revelado a través del proceso de la oración y la meditación. No me importa cómo puedan ver los otros mi conducta al dar un propósito a mi vida. El conocimiento que tengo me ha sido revelado de la manera más clara y profunda. Mi propósito es dar, servir y promover la paz y la prosperidad, amar de manera total e incondicional a los demás. Willa Carther resume así mis palabras: “Donde hay un gran amor hay siempre milagros. Los milagros no se apoyan tanto en los rostros, las voces o los poderes curativos que nos llegan de lejos como en el refinamiento de nuestra percepción, que hace que, por un momento, nuestros ojos puedan ver y nuestros oídos oír lo que está siempre a nuestro alrededor”.

Sí, siempre hay algo a nuestro alrededor.
Tener un propósito en la vida, entrar en nuestro interior, descubrir que el propósito tiene que ver con el amor incondicional, y el servir y el contacto con lo que está siempre a nuestro alrededor, altera de manera espectacular nuestra visión del mundo. La vida mágica está entonces a la vuelta de la esquina. El sufrimiento disminuye notablemente, por que deja de ponerse el énfasis en el “¿por qué?”. Sabes que la vivencia de ese momento es necesaria y valiosa en un sentido que probablemente no comprendas en el momento de su acontecer. Sin embargo, la aceptas. Si pudiera definir en breves palabras la iluminación, yo diría que es “La tranquila aceptación de lo que es”. Sin juzgar, sin ira ni amargura, sin hostilidad ni remordimiento, solo una tranquila disposición a aceptarlo en lugar de combatirlo.
Cuando vas más allá de los resultados en la vida ves que no te preocupa lo que ésta pueda depararte. Pensamientos, sentimientos y conducta se concentran cada vez más en la realización de tu propósito. Dejas atrás el éxito, el logro y el rendimiento como indicadores de la misión de tu vida y, en lugar de ello, vives cada uno de los momentos con plenitud y amor. Las posesiones materiales dejan de dominar tus pensamientos, lo cual no quiere decir que desaparezcan, sino que dejan de constituir el punto central de tu vida. Se afianza en cambio tu propósito y alcanzas una sensación de alegría y armonía interiores al saber que estás cumpliendo de manera divina tu razón para estar aquí. Como tan escuetamente dijo Michel de Montaigne: “La obra maestra más grande y gloriosa del hombre es cómo vivir con un propósito”.
El alcanzar el propósito en la vida tiene un matiz enormemente irónico. Las cosas que con anterioridad considerabas tan importantes pierden su atractivo. No te importa ya lo que puedas encontrarte por el camino y, sin embargo, compruebas que esas mismas cosas llegan a tu vida en cantidad cada vez mayor. La alegría, sin embargo, no se halla en la llegada de esas “recompensas”, sino en la experiencia que representa pensar y actuar con un propósito. Dar se hace más importante que recibir, porque dar está de acuerdo con tu propósito. Rechazas ahora la carga que representa coleccionar, clasificar, asegurar y preocuparte por las posesiones. Sabes con toda certeza cuándo has alcanzado el propósito. No necesitas que te lo diga nadie. Lo sabes, porque no te cuestionas ya el sentido de tu vida. Te hallas en armonía porque todas y cada una de las actividades de tu vida están destinadas a la realización de tu propósito, o en concordancia con él.
¿Estás dispuesto a dar un propósito a tu vida?, ¿estás preparado para volver en tu mente al momento anterior a tu concepción y preguntar a tu yo superior, ‘¿por qué vine aquí?’? Cuando recibas la respuesta, que te hablará de dar y no de recibir sea cual fuere tu vocación, tu energía vital empezará a desplazarse automáticamente y a pasar del sufrimiento al propósito. Cuando inicies el viaje hacia una vida basada en el propósito, estarás entrando en el reino de la realidad mágica.
Cuando tienes un propósito fluyes de hecho con la vida y experimentas una especie de armonía que procede del hecho de que no tienes ya que luchar por otra cosa.

(texto extraído del libro de Wayne Dyer “Tus zonas mágicas”)